«El perdón no es un acto ocasional; es una actitud permanente.» La frase es de Martin Luther King, de un sermón recogido en La fuerza de amar, y suele citarse con la palabra cambiada, como si dijera constante. El original dice permanente, y la diferencia importa: no habla de perdonar muchas veces, habla de convertirse en alguien que perdona.
Durante años leí esa frase como una exhortación moral. Hoy la leo como una descripción bastante exacta de cómo funciona esto por dentro.
Por qué un acto no basta
Quien ha intentado perdonar algo serio conoce la trampa: se toma la decisión, se siente el alivio, y a los tres días el recuerdo vuelve por la puerta de atrás, intacto, con su rabia puesta. Entonces uno concluye que no perdonó de verdad, y a la frustración se le suma la culpa.
La conclusión es errónea. La memoria emocional no se borra por decreto: cada vez que el recuerdo se reactiva, la respuesta de estrés se enciende con él, y en el experimento de Witvliet se ve con sensores lo que eso le hace al cuerpo. El perdón como acto único pierde siempre contra un recuerdo que puede volver mil veces. La única apuesta con ventaja es la actitud: tener decidida la respuesta antes de que el recuerdo llegue.
Cómo se construye una actitud
Una actitud no se declara, se entrena, y se entrena igual que todo lo demás: por repetición en pequeño. Quien espera al agravio grande para estrenar el perdón llega sin músculo. El material de práctica es el de diario: el que se cuela en la fila, el comentario torcido de un familiar, el correo con mala intención. Ofensas de bajo riesgo, perfectas para ensayar la secuencia completa en versión breve: notar la reacción, no escalar, soltar.
Con la práctica cambia una cosa concreta: el tiempo entre la punzada y la respuesta se alarga. La punzada seguirá viniendo, no depende de ti. Lo que se entrena es lo que pasa después, y ahí la meditación es un gimnasio excelente; por algo El Viaje del Perdón termina con diecisiete meditaciones y no con diecisiete argumentos.
Lo que la actitud no exige
Conviene decirlo con la misma claridad: una actitud permanente de perdón no es una permanente disposición a tolerar. Se puede vivir dispuesto a perdonar y a la vez poner límites firmes, denunciar lo denunciable y alejarse de quien hace daño. King, que escribió la frase mientras le reventaban la casa con explosivos, no proponía mansedumbre ante el abuso: proponía no dejar que el odio de otros dictara la propia vida interior. Esa es la actitud. Lo demás son decisiones prácticas, y se toman con la cabeza fría que el perdón, precisamente, devuelve.
El camino completo, con sus fases y sus bases neurobiológicas, está en El Viaje del Perdón.
Referencias
- King, M. L. (1963). Strength to Love. Harper and Row. Edición en español: La fuerza de amar.
- Witvliet, C. V. O., Ludwig, T. E. y Vander Laan, K. L. (2001). Granting forgiveness or harboring grudges. Psychological Science, 12(2), 117-123. doi: 10.1111/1467-9280.00320

